
Hoy publica ABC la noticia de que un niño de 5 años, que asiste a un colegio de Sitges, ha cometido un gran delito, se ha permitido nada más y nada menos que hablar en castellano en el recreo.
Por tan tamaña atrocidad, el niño ha sido marcado en su expediente con una pegatina roja en forma de círculo y se ha enviado la queja por escrito a los padres. El pequeño, sin comprender qué había hecho, apareció en casa con el documento de las notas en cuestión y una pregunta: "¿Qué he hecho mal, mami?".
No dice la noticia lo que le respondió la madre pero yo, que reconozco que soy muy guerrillera, sé lo que hubiera hecho en su lugar. Para empezar hubiera pedido un traslado de expediente a otro colegio y sacado a mi hijo de ese nido de víboras, hubiera seguido por denunciar, tanto al colegio como al aprendiz de Orwell que vigilara durante el recreo las palabras de mi hijo, en todos los organismos procedentes y, para rematar la faena, le hubiera colocado la pegatina roja en la frente al "espía" de mi hijo y otra, de propina, al director del colegio que permite tamaña tropelía. Luego hubiera pagado la multa que correspondiera pero a mi hijo no me lo marca nadie por el hecho de ser español porque no me da la gana a mí.
La situación comienza a dar miedo, esto empieza a parecerse demasiado a la Alemania nazi, no le han marcado con una estrella de David pero, como no se le ponga coto a lo absurdo, todo se andará porque los pasos de la intolerancia y de la imbecilidad los estamos siguiendo al pie de la letra.
Lo primero que se me ocurre es si a los niños árabes que haya en ese mismo colegio se les vigila también y se les marca con pegatina roja por utilizar su lengua ¿o no hay "pelotas" para hacerlo no sea que se nos enfade alguien o no sea políticamente correcto?, me temo que no las hay.
Para terminar, recordar a Quevedo, porque su soneto lo dice todo:
"Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo: ví que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte".
Por tan tamaña atrocidad, el niño ha sido marcado en su expediente con una pegatina roja en forma de círculo y se ha enviado la queja por escrito a los padres. El pequeño, sin comprender qué había hecho, apareció en casa con el documento de las notas en cuestión y una pregunta: "¿Qué he hecho mal, mami?".
No dice la noticia lo que le respondió la madre pero yo, que reconozco que soy muy guerrillera, sé lo que hubiera hecho en su lugar. Para empezar hubiera pedido un traslado de expediente a otro colegio y sacado a mi hijo de ese nido de víboras, hubiera seguido por denunciar, tanto al colegio como al aprendiz de Orwell que vigilara durante el recreo las palabras de mi hijo, en todos los organismos procedentes y, para rematar la faena, le hubiera colocado la pegatina roja en la frente al "espía" de mi hijo y otra, de propina, al director del colegio que permite tamaña tropelía. Luego hubiera pagado la multa que correspondiera pero a mi hijo no me lo marca nadie por el hecho de ser español porque no me da la gana a mí.
La situación comienza a dar miedo, esto empieza a parecerse demasiado a la Alemania nazi, no le han marcado con una estrella de David pero, como no se le ponga coto a lo absurdo, todo se andará porque los pasos de la intolerancia y de la imbecilidad los estamos siguiendo al pie de la letra.
Lo primero que se me ocurre es si a los niños árabes que haya en ese mismo colegio se les vigila también y se les marca con pegatina roja por utilizar su lengua ¿o no hay "pelotas" para hacerlo no sea que se nos enfade alguien o no sea políticamente correcto?, me temo que no las hay.
Para terminar, recordar a Quevedo, porque su soneto lo dice todo:
"Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salíme al campo: ví que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que, amancillada,
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte".













