Mi tío Carlos era (digo era porque falleció muy joven) el hermano pequeño de mi madre, pocos años mayor que yo porque era el hijo pequeño de mis abuelos, que tuvieron nueve hijos porque no había televisión (supongo) y yo soy de las nietas mayores.
De vez en cuando, me iba unos días al pueblo a casa de mis abuelos y salía con él que estaba todavía soltero y un día decidimos irnos a ver una carrera de motos, cosa que aún no me explico porque a mí me dan miedo las motos y no he vuelto a montar desde que me dio un Vespino de un amigo un revolcón y me hice cardenales hasta en los dientes aunque caí de espaldas, y encima disimulando para que mi madre no me riñera.
El caso es que decidimos irnos a la carrera aquella y yo salí de arreglarme y mi tío, muerto de risa, me preguntó: "¿Oye tú tienes la enfermedad de los conejos?", refiriéndose a la mixomatosis que, entre otras cosas, provoca conjuntivitis. Su pregunta venía porque, siguiendo la moda de aquel verano, yo llevaba una sombra de ojos rosada que, ahora lo reconozco, me sentaba de todo menos bien pero, como estaba de moda y era el color del verano, me la ponía.
Hoy, como estoy con la baja y el aburrimiento es muy malo, he estado mirando las tendencias de maquillaje para este otoño-invierno que se avecina y, viendo fotos por ahí, he visto desde rojo intenso, pasando por los metalizados, hasta el look natural que, a tenor de algunas de las fotos que he visto, consiste en llevar la cara como si estuvieras muerta dos o tres días, sombra de ojos rosada o anaranjada incluida. Y, en cuanto al cabello se refiere, he descubierto que este invierno hay que ponerse las mechas de colorines, rosa y azul incluidos, cosa a la que me niego tajantemente.
Y, entonces, me he puesto a reflexionar sobre lo fashion-victim que podemos llegar a ser y el ridículo que podemos hacer tan sólo porque "se lleva" tal cosa y hay que ponérsela sí o sí aunque no tengas ni edad ni cuerpo para ello. Yo he de reconocer que caigo siempre con las sandalias, de las que soy forofa y hasta coleccionista, y tengo las narices de engañarme a mí misma mientras las compro y, cuando me dice mi Pepito Grillo: "te vas a matar con esto", yo le respondo: " a callar, que estas me las voy a poner sólo para ir a la cafetería de enfrente de casa, total son pocos metros, bajo y cruzo la calle con cuidado y me siento en la terraza, cruzo las piernas, balanceo el pie y me las voy mirando y extasiándome de ver lo monísima que voy con ellas". Luego la triste realidad es que tengo más de un par sin estrenar y, lo que es peor, no tengo ninguna intención dejar de comprarme las que me gusten porque son, junto con los bolsos, mi vicio, bueno uno de ellos.
Con el resto, ropa y maquillaje, afortunadamente ya hace mucho tiempo que tengo las cosas muy claras y sé lo que me gusta y lo que me sienta bien así que, esté o no de moda, jamás me podrá preguntar nadie si tengo la enfermedad de los conejos por llevar una sombra de ojos inapropiada pero, eso sí, este invierno me pintaré las uñas y los labios rojos porque me encantan y me sientan estupendamente porque soy blanquita, además se vuelven a llevar las uñas con forma almendrada, justo como yo las llevo.













